
Tengo un pelo largo,
negro,
gordo y vil.
Vive debajo de mi barbilla.
Y lo llaman el pelo de bruja,
el pelo de vieja,
la lerna,
el alambre,
el hilo de pescar.
Nunca he tenido barba
y nunca me ha preocupado.
Pero ahí está,
una y otra vez,
y lo quito y vuelve a salir,
y lo quito y vuelve a salir,
y lo quito y vuelve a salir,
y lo quito y vuelve a salir.
A veces tarda meses.
Creo que lo hace
para que me olvide de que existe.
Y de repente vuelve a salir.
Otras veces se me olvida de que ha salido
y cuando lo veo
es porque ya es demasiado largo
y prácticamente me llega al cuello.
Qué curioso, ¿verdad?
En sitios de la piel,
de la carne,
donde apenas hay nada
más que una leve pelusa blanca,
de repente aparece un pelo grande,
gigante.
El Godzilla de los pelos
lo llamaría yo.
¿Para qué?
Para darnos vergüenza.
Otra cosa es el tema de la vergüenza
y el avergonzarnos de tener un pelo,
algo tan sencillo
como que si lo viéramos en un gato
nos encantaría
porque los gatos son peludos,
suaves y cariñosos.
Simplemente un pelo solo,
un pelo suelto,
no sé por qué produce tanta repulsión.
En fin,
tengo mi pelo,
mi pelo grande negro,
mi pelo grande enorme negro
debajo de la barbilla,
y quiero pensar
que igual que Godzilla
no deja de ser
un regulador de la naturaleza.