Un mendigo vivía en mi calle

Un mendigo vivía en mi calle. La primera vez que lo vi, me avergüenza decir que me asusté un poco. Es curioso cómo nos han educado para pensar que una persona que vive en la calle es algo que pudiera ser peligroso, aunque en realidad no es así. Ese señor, en ningún momento, hizo nada que pudiera darme miedo.

Sí, es verdad que a veces se te quedaba mirando o te saludaba. Pero me pareció bastante divertido convertirlo en una rutina. Todos los días que lo veía, ya fuera por la mañana o por la tarde, me decía: “Buenos días, buenas tardes, buenas noches”, educadamente y sin faltar ni un día a esas palabras.

La gente del barrio se llevaba bien con él. Lo veía: la gente le bajaba comida, bebida, agua. Era invierno, hacía un frío increíble. Y ahí estuvo, con sus cartones. Todos los vecinos lo adoptamos como si hubiera sido algo normal que pudiera ocurrir, que apareciera en nuestra calle. A nadie parecía molestarle.

Es verdad que el señor no estaba muy bien de la cabeza. Una vez me lo encontré justo en la parada del autobús y me sorprendió, porque además iba en silla de ruedas. Pensé: madre mía, va a subir al autobús, espero que funcionen las rampas, porque eso es otra cuestión. No suelen funcionar las rampas de los autobuses donde yo vivo. O sí funcionan, pero tardan mucho en salir, o directamente el autobusero le pide a la persona que espere y se va, esperando que el siguiente autobús sí que tenga la rampa en mantenimiento y funcione correctamente.

El caso es que estuve hablando con él. Por supuesto, me habló de toda la medicación que se tomaba y, después de hacer una alegación bastante bonita a la Sanidad Pública de España, me di cuenta de que ese señor lo único que quería era hablar. Lo único que quería era un ratito de alguien que le escuchara. Y en ese momento pasó el autobús, pero lo dejé ir. Le dije que no tenía tanta prisa y que el autobús se iba muy lleno, lo cual él sabía que era mentira, porque lo habíamos visto y no había nadie en el autobús.

Nos quedamos hablando sobre sus enfermedades —que no contaré a continuación—, sobre las enfermedades que él creía que tenía pero no le querían diagnosticar, y sobre un poco de su vida. Me dijo que tenía hijos, que había tenido una mujer, pero la verdad es que, cuando no quiso seguir hablando del tema, no le pregunté más. Cada uno puede guardarse lo que quiera.

Un día le escuché gritar y me asomé al balcón. Abajo hay un bar que siempre le ha tratado muy bien, y cuando vi que los camareros estaban con él, me quedé tranquila y no pasó nada más. Pero poco después de eso desapareció.

No digo que haya desaparecido en el mal sentido de la palabra; simplemente no ha vuelto. Me preocupa, porque estaba en silla de ruedas y me gustaría saber qué ha sido de él. Me gustaría pensar que se ha encontrado con sus hijos y que ahora vive más o menos bien. Si es que se puede llamar vivir bien a una persona que, según él, tiene tantas enfermedades.

No sé, la verdad es que le echo un poco de menos. Es raro. Es como que ha pasado un capítulo de mi vida y, para él, habrá sido el suyo propio, y seguramente no se acuerde de mí. Pero cuando paso por donde estaban los cartones y veo que no hay cartones, pienso: ¿Dónde está este señor? ¿Y dónde están todos los que, como él, viven en cartones cada capítulo de su vida en un sitio distinto?

La jarra