
Me gustaría ser pirata,
pero un pirata de su tiempo.
Tener una máquina mágica
que me trasladara, no lo sé,
a 1700 o 1800.
Y me encantaría ser pirata y ser mujer,
y colarme en un barco,
disfrazada de hombre.
Me encantaría oler el sudor,
oler la cuerda,
oler el mar,
las cacas de gaviota en la cubierta
y que me dijeran grumete a limpiar,
si es que se decía grumete,
porque no sé si se decía grumete en realidad.
Me encantaría saber lo que es querer al mar
como compañero,
porque a día de hoy se me antoja extraño
que alguien quiera estar siempre húmedo y mojado.
Me encantaría enarbolar una espada
y luchar con ella.
Me encantaría abordar un barco
y degollar a las fuerzas de la ley.
No me gustaría ser una bucanera,
porque no me gustaría hacerlo
bajo las órdenes de ningún gobierno,
ser libre,
como decía la canción del pirata.
De Espronceda,
con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
y va el pirata,
y va el capitán,
cantando alegre en la popa,
y ver a un lado mío Asia
y al otro lado Europa,
y enfrente ver Estambul,
y llevar pantalones bombachos
y botas mojadas,
y un gorro que me haría rozaduras en la frente,
porque tengo una cabeza enorme.
También llevar una camisa ancha,
húmeda,
pegada al cuerpo,
y no ducharme en diez días,
tal vez en toda mi vida,
y comer manzanas que casi se están pudriendo,
y tener una cabra en la cubierta
que no podemos matar
porque dejará de dar leche,
que nos alimenta más que la carne.
Si pudiera ser pirata
y tumbarme en una playa,
con cierto miedo de que me descubran
y me metan en la cárcel,
si pudiera ser pirata,
si pudiera ser pirata,
si pudiera ser pirata,
me dejaría ir con el mar para gritar,
brindad compañeros, yo-ho,
para dejarme rastas,
rastas naturales
hechas por la suciedad de mi pelo,
y tener un pendiente
por haber cruzado el cabo de hornos,
y que nadie me quisiera
ni me esperara mi vuelta,
y si alguien lo hiciera,
que lo hiciera para encarcelarme.