
Mi abuela tenía una jarra. Una jarra de plástico. Rosa.
Naranja. Salmón. Un color totalmente indisciplinado que ni él mismo sabe qué color es.
Solo se podía usar para beber agua. Sería impensable que se usara para zumo. O para leche. O para un TANG.
(Qué asco me da el TANG)
Siempre la pedí como herencia. Porque el agua sabía a plástico. Pero siempre estaba fresquita. A veces pienso que a las ballenas no les importarían los microplásticos si el agua que las rodeara supiera como la de la jarra rosa naranja salmón que tenía mi abuela.
Todos los días que iba. Todos le decía: «Cuando te mueras, recuerda que esto será mío.» Y se reía, y me decía: «Pues será más pronto que tarde».
Esa jarra siempre tenía agua. Y siempre estaba fresquita.
Ahora está en mi cocina.
Y voy y bebo.
Porque ahora es mía.
Y porque la echo de menos.