
El otro día soñé contigo. No sé quién eres, pero conozco perfectamente tu cara. Conozco tus ojos, tus manos, tu sonrisa y tu olor. Es curioso, ¿verdad? A menudo, el recuerdo del olor de algo es algo que me atemoriza, porque ¿cómo puede ser que algo que recuerdas o imaginas te haga olerlo?
Soñé que estabas. Los sueños son caóticos y es inútil intentar enmarcarlos dentro de un espacio o tiempo, porque los sueños no se pueden clasificar de esa manera.
Soñé que me cogías en brazos y mis piernas rodeaban tu cintura, y mis brazos se amarraban a tu cuello. Me besabas, pero no me besabas con lengua. Eran de esos besos en los que unos labios se juntan con los otros y se aplastan, como si los óvulos que nos dieron vida se hubieran comunicado para desarrollar dos personas con labios destinados a formar una unión atómica. Como cuando partes una galleta y la vuelves a juntar y no se ve que hubiera ni el más mínimo rastro de una partición anterior.
Me besabas las mejillas y los hombros. Había ruido y colores detrás tuya, como en el mundo real, pero daba igual lo que hubiera porque me estabas besando, como en el mundo real. Sé muy bien qué venía detrás de ese beso. Sabía exactamente los pasos que seguirían a eso. Y entonces me desperté, y hundí la cabeza en la almohada. ¿Cómo puedo echarte de menos si no sé quién eres y a la vez te conozco perfectamente?