
A veces una niebla muy neblinosa me nubla la mente, valga la redundancia. El otro día mi amiga Irene me preguntó que si yo le había preguntado a mi psicóloga si tenía TDHA o TDA. A decir verdad, no sé exactamente cuál de las dos me sugirió y, de nuevo, a decir verdad, no conozco la terminología detrás de esas siglas. Toda la vida nos han hablado de «trastorno de la atención». Ahora lo llaman habilidades superiores, especiales… algo así, no sé. En fin. Estaba hablando con mi amiga Irene sobre este tema y me preguntó eso.
«A veces me da la sensación de que tu cerebro va a mil por hora», me dijo. Eso es cierto. Mi cerebro, para mí, suena «bbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu» todo el rato. Las 24 horas del día. Bueno, las que duermo no. Ahí solo sueño. Pero sueños que a veces también suenan. A veces suenan bien. A veces suenan a que el caramelo me gusta. Y en la vida real, es decir, cuando estoy despierta, odio el caramelo. No me gusta en ninguna de sus formas. Ni en sirope ni en caramelo de esos del anuncio del abuelo.
No sé si tengo TDHA o cualquiera de las siglas antes mencionadas. Imagino que no. Mis padres han sido unos buenos padres, y creo que, de haber notado algo extraño, me habrían llevado a algún sitio y, de alguna manera, habría sido diagnosticado. Aunque a veces me acuerdo de que en sexto de primaria nos hicieron los test estos del demonio, que eran como una libreta donde tenías las preguntas y una hoja de respuestas, en los que marcabas las casillas con lápiz negro para que una máquina se encargara de predecir tu futuro en base a cómo habías ordenado un cuadrado, un círculo y un perro. Luego no creemos en el horóscopo, pero sí en esto.
El caso es que el test este me vino a decir que era una persona introvertida, que me costaba mantener relaciones sociales (bueno, a decir verdad, esto podría ser cierto) y que me esperaba un camino profesional seguramente centrado en la ciencia y dirigido a algún tipo de trabajo como ser médico. Que no digo que, si me hubiera esforzado lo suficiente, podría haber llegado a ser médico, pero a día de hoy nada me horroriza más que imaginarme en una bata blanca atendiendo gente con problemas de salud. Aunque es cierto que me encanta curar heridas. Encuentro cierto placer en curar a alguien que se haya cortado con un papel o con un cuchillo en la cocina y luego limpiar la sangre de la madera de cortar verduras. En fin. A lo que vamos.
La niebla. No sé si es a lo que se refería Irene, pero, en conjunto con el «bbbbbbbbbbbbbbbbbbuuuuuuuuuuuuuuuu» que oigo continuamente en mi cerebro, hay una niebla. Una niebla verduzca. Pero no verduzca en plan feo. Si tuviera que verla en un cuadro, consideraría que es de un color bastante bonito. Un verde menta intenso. Pero, aunque es bonita, no me deja ver. Y, es más, no me deja ver lo que le da la gana a la niebla que no vea.
Es decir, a veces estoy trabajando. Por cierto, no soy médico. Trabajo en un trabajo de estos modernos que tienen que ver con internet y me gustas, de esos que sirven para que puedas comer todos los meses pero que, en el fondo, ni te llenan ni te hacen sentir bien. Ha llegado un punto en mi vida en el que dar al botón de «crear publicación» de Instagram me dan ganas de arrancarme de cuajo, a la altura del codo, mi brazo derecho para tener la excusa de no poder subir un reel más. Lo mismo debería haber hecho caso al test de sexto de primaria.
A veces estoy trabajando y la niebla aparece. Nubla toda mi vista y solo veo verde. Solo veo verde y, cuando se despeja, veo a mi gata acercándose a mí y pienso en que me gustaría montarle un columpio gigante que abarcara todo el salón con estanterías baratas de Ikea. Entonces la niebla se aparta para dejarme ver el teclado del ordenador, pero solo unas teclas: «i», «k», «e», «a», «.», «c», «o», «m». Y, durante el tiempo que la niebla quiera, navego sin tener un fin entre muebles de mierda, que en realidad ni son tan buenos ni son tan necesarios, pero pienso en lo bien que está hecha la web. Está diseñada para hacerte creer que una lámpara de nueve míseros euros te hará sentir mejor.
A veces la niebla, que soy consciente de que está creada por mí misma, me da tregua y me deja mirar hacia la pantalla del ordenador, donde veo que ha entrado otro email de un compañero de trabajo que no me está exigiendo ni me habla mal. Pero me lo tomo como un insulto. ¿Cómo osa interrumpir mi viaje a través de Suiza?
En fin. La niebla, durante unos minutos, me deja tranquila. Leo el email. Otra tarea a la lista. Pienso que no me dará tiempo a ponerme a hacer todo lo que tengo que hacer durante mi jornada laboral, pero también sé que le echaré dos o tres horas de más. Porque yo, muy quejica, sindicalista y revolucionaria, pero una rata trabajadora que piensa que un niño morirá en una ciudad de Alemania fulminado por un rayo si no acabo la tarea que la niebla me ha obligado a procrastinar una, y otra, y otra vez.
Sé que tengo que comer. Debería. Pero no lo hago. Me acerco a la nevera y me como de pie un queso fresco de marca blanca con tres o cuatro picos, también de marca blanca. A veces la niebla me acompaña. Y entonces se aparta para recordarme que trabajo para poder permitirme, por otro lado, hacer lo que quiero, que es escribir. Pero la niebla me vuelve a mostrar que, si no acabo, no podré escribir.
Voy al baño y me miro el pelo. Tal vez debería probar el método ese de las ondas. El trabajo, la escritura, el mueble de Ikea, el test de sexto de primaria quedan opacados por la niebla, y solo veo la pantalla de mi móvil. Si alcanzo los 79 € (que no tengo, bueno, sí, pero que no debería gastármelos en eso), podré quitarme los gastos de envío de un montón de productos que no necesito pero que ahora deseo por encima de todo. Además, los creo genuinamente necesarios para mi existencia.
Mi móvil vibra. La niebla se disipa. Mi madre me ha escrito para saber cómo estoy. No la quiero contestar. No he acabado todo lo que tenía que acabar. No he escrito lo que tenía que escribir. No he trabajado como debería. Pero me sé vender muy bien.
Engroso la lista de gente pedante que dice que necesita un mes de vacaciones en una isla perdida del estrés que soporta diariamente en su trabajo.
«Mamá, estoy cansada, te llamo mañana». Me falta añadir: «si la niebla me deja». La quiero llamar, de verdad que quiero. Además, papá viene a mi mente. También debería llamarle. Tener los padres divorciados está bien, pero es una lata tener que multiplicar por dos las llamadas. Bueno, si no llamo a ninguno de los dos, solucionado. Nadie se siente excluido si nadie es contactado.
Me tiro en el sofá. La niebla se disipa y, a la vez, se vuelve más espesa. No sé cómo explicarlo. Todo mi salón es verde. Verde niebla. Me pongo otra vez el videoclip que me tiene obsesionada desde hace por lo menos tres días. A la niebla le parece bien y me deja verlo. El «bbbbbbbbbbbbuuuuuuuuuuu» se silencia durante los tres minutos y treinta y siete segundos que dura la canción.
Es de noche.
La niebla sigue.
No sé qué me dejará ver ahora.
Leeré cinco páginas del libro que estoy leyendo.
Quiero dormirme para que la niebla me deje en paz.
Pero se que mañana estará ahí. Esperándome.
Y me alegro. Me siento mal, pero me alegro.